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Fotógrafos De Bodas En Toledo

El inicio de la década de los cuarenta abre en España un periodo de incierta expectación. Los primeros días no eché nada en falta, pero con las semanas, de lo único que me acordé fue del ordenador. Debo dar gracias a los genes de mi madre que me hacen pasar por guiri y me evitan conversaciones sobre el jamón qué se me ha perdido a mí solo en un país asiático. Coincidimos en China Beach, la playa elegida por los soldados norteamericanos en la década de los 70 para el desembarco de las tropas.

Recorrí Camboya y cuando me cansé, crucé la frontera a Tailandia, pero me trajo demasiadas alusiones al pasado y tras visitar el norte con la intención de crear nuevos recuerdos que asociar al país y no acordarme de ella, me di por vencido y me marché a Laos, donde estuve un largo mes antes de pasar a Vietnam. Y no por la cantidad ingente de fotos que pude hacer a sus campos de arroz, a la vasta vegetación que cubre buena parte del país a sus mercados. Llamé su atención y le dije que desde el ángulo en el que yo estaba el encuadre era bueno.

Chris había nacido y crecido en un buen barrio de Los Ángeles, pero se había cansado de la opulencia y de las obligaciones de ser hijo de” y estaba dando la vuelta al mundo con… su cámara. Una de las cosas más bonitas que he visto en mi vida… entre las que estaba Alba jadeando mientras se recuperaba de un orgasmo sobre mi pecho. Disparé desde diferentes ángulos y cuando miré la pantalla de mi cámara vi una foto de la que estaré orgulloso el resto de mi vida. Se acercó, me preguntó si podía ver mi foto y cuando se la enseñé me dijo que era una fotografía de portada.

Trabajar como fotógrafo freelance para una revista de viajes era uno de los sueños de mi vida, pero por aquel entonces ni siquiera había dado nombre a lo que deseaba conseguir. Chris hizo un par de fotos pero la luz había cambiado muy rápidamente y, aunque eran bonitas, no quedó satisfecho. Yo le prometí que la seguiría a través de la muerte si hacía falta y ella había elegido otro camino que no me tenía en él.

Yo tenía una habitación en un hostel en Da Nang, el Lucky Star, que no era una maravilla pero estaba limpio y si te quedabas más de cuatro noches te hacían precio especial por debajo de los dos dígitos al cambio a euros. Aquella noche tomamos cervezas muy frías y un par de sándwiches en un local que se llamaba On the Radio Bar, lleno hasta los topes de jovencitos de la zona. Cuando Chris y yo nos separamos en el pasillo del hotel tuve que correr hasta mi habitación.

Hacía mucho tiempo que no lo estaba y no recordaba la horrible sensación de vaivén dentro del cuerpo y la cabeza, la fuerza con la que te golpea la melancolía y lo inmensas que se vuelven las penas cuando bebes. Me ofreció un cigarrillo, que acepté y nos sentamos en la calle, en un bordillo, a espabilarnos un poco antes de volver al hostal. Llevaba dos meses fuera de casa y aún no había sabido poner nombre a aquella sensación de vacío que me ahogaba cuando llamaba a casa para decir que estaba bien.

Esa sensación, amigos, no era otra que la necesidad de marcar el móvil de Hugo y contarle que todo aquello era increíble, hacerle partícipe de mi viaje, de mi decisión y decirle que aunque era demasiado marqués como para disfrutar de un país con tantos contrastes, el mar allí era de un color tan azul que tenía que verlo con sus propios ojos. El día siguiente me despertó un golpeteo en la puerta de mi habitación y una resaca del infierno. Él debía volver a Estados Unidos para la boda de su hermana pequeña y yo me iba a China sin saber muy bien si no me perdería entre tanta cosa que ver y fotografiar.

Yo no tenía móvil, así que hicimos una promesa un tanto loca: nos veríamos el 3 de julio, sí sí, en un restaurante de Cuzco, Perú, desde donde partiríamos para subir a Machu Picchu juntos. Eran muchos kilómetros y ninguno de los dos tenía la seguridad de que el otro fuera a presentarse, pero después de tres largas semanas recorriendo China, encontré un vuelo a Lima por menos de mil euros y… lo cogí. Llamé entonces a casa, desde el aeropuerto de Pekín, para informarles de que estaba a punto de cambiar de continente y que todo iba bien.

La parte adolescente que quedaba en mí se alegró de que me añorara tanto; la madura se sintió satisfecha al saber que Alba seguía siendo quien fue y en quién tanto confié. Me hospedé en La posada del Intipata y esperé el día 3 de julio a que Chris apareciera, sin saber si realmente lo haría. Ese día, después de haber recorrido la ciudad con mi cámara bajo un sol abrasador, me senté en el restaurante Calle del medio y… aguardé. Aquella noche nos pasamos de Pisco Sour en una taberna y nos pusimos muy tontos.

Miró su reloj, se sentó a mi lado y sin abrazos ni reencuentros melodramáticos, me dijo que iba a tomarse una copa, aunque faltaran treinta minutos para las cinco. Al final… el alcohol y la soledad eligieron por mí y cuando quise darme cuenta, una chica de veintidós años se desnudaba a toda prisa en mi habitación. Cuando hice las maletas para marcharme en lo que menos pensaba era en follar, claro está. Cuando Alba y yo hacíamos el amor y se colocaba a horcajadas sobre mí, sus pechos se movían de una manera deliciosa y demencial.